lunes, 23 de agosto de 2010

¿POR QUÉ TENGO QUE ESCUCHAR A CALLE 13?

No pasan dos días consecutivos sin que por alguna razón, de fuentes totalmente distintas sin relación entre sí, se me proponga escuchar a Calle 13. Si les soy sincero – y presten atención que esto es grave – Calle 13 lo logró, ha hecho que yo hable de él. Eso es terrible. Pero tenía que hacerlo sino, creo que todo ese universo inconexo que me ha hecho la misma pregunta no dejará de preguntar: “¿ya escuchaste lo último de Calle 13?”
Esta es mi respuesta: “No! Maldita Sea! No, no y mil veces no!”.
A renglón seguido, con lo mejor que pueden venir aquellos que escuchan con perplejidad mi respuesta es: “no seas tan cerrado!” - (Esto lo dicen bajo el convencimiento que me doblegaré y aceptaré de inmediato su punto de vista).
¿Soy cerrado por no querer escuchar la música de ese tipo? Entonces, perfecto, soy un cerrado. Me importa un comino. Prefiero ser un “cerrado” que escuchar a Calle 13.
No, peor aún, prefiero dejar de oír música que escucharlo. Me tiene sin cuidado.
En mi cabeza la cosa funciona de la siguiente manera: Estamos en guerra. Una batallar entre aquellos que hacen y disfrutan de algún ritmo que – casualmente siempre termino detestando y que en este caso es el reguetón – que busca la empatía a mis costillas, contra los que decidimos escuchar rock para siempre y que miramos con celo y preocupación cuando se dan grietas en el camino que intentan suavizar y domar al rock de su rebeldía y su rabia contra todo.
Si Calle 13 hizo una letra “contestataria y brillante”, que la disfruten y enhorabuena la apliquen quienes por antonomasia siempre han gustado de aquella cosa. En el universo musical en el que me deslizo a gusto existen doce mil más voces mucho más escandalosas y contestatarias. Y pasó lo mismo cuando se me propuso escuchar a Pitbull, Don Omar, Ricardo Arjona y Juan Luis Guerra. No me interesa cuan buenos músicos son o qué ofrezcan o qué demonios escriban. Ellos llevan una marca que reconozco y que carga ahora mismo Calle 13 que me hace evitarlos. Ellos llegan como instrumentos del ejército enemigo – seguramente hasta ignorándolo – para raptar el gusto de los otros que escuchamos rock para suavizarnos y llevarnos al otro lado. ¿Qué sucede después? Nada, terminas escuchando Maná, Alejandro Sanz, Shakira, Don Omar, Bossa n Stones, Calle 13 y, lo más duro de tu colección termina siendo Santana... pero ahora de viejo con sus invitados. Por ende no es casualidad que todos aquellos que terminan oyendo esa basura dan la misma respuesta: “es que yo escucho de todo”... Qué vergüenza si antes decían con seguridad: “oigo rock”. Lo lamento no tengo tiempo que perder escuchando a Calle 13. Más aprendo leyendo que escuchándolo a él.
Yo escucho rock. No me pregunten más si escucho a ese tipo, a quien no ofrezco mérito alguno, por más que voces que respeto y admiro hayan alguna vez insinuado que les gustó algo que hizo. Eso también me tiene sin cuidado. Déjenme tranquilo escuchando el batir del desenfreno, la velocidad del desorden, el caos rítmico, la deliciosa contradicción, la música que sí puedo disfrutar con mi cerveza. Déjenme escuchar rock.