miércoles, 14 de abril de 2010

La resaca de un clásico

Yo estuve en un bar para ver el clásico.
Nadie pone en duda cuál clásico.
Todos saben de qué se trata cuando se enuncia esa palabra: “clásico”.
No había persona en la calle que no supiera que jugaban los dos equipos que encabezan la tabla de la Liga Española.
Por un segundo, cuando me dirigía a ver el partido, podría jurar que caminaba por alguna vereda perdida del corazón de España. Había tanta parafernalia en la calle que podría jurarse que el partido se jugaba en el Rommel Fernández.
Estuve en aquel bar por espacio de una hora antes del partido.
Me aseguré con mi hermano de irnos a la “casa del Real Madrid”. Sería un partido encendido y no queríamos que un fanático del Barcelona empezara a tirar sillas por ahí. Sin embargo, mi sorpresa fue mayúscula cuando me vi rodeado de “azulgranas”. Impresionante. Ahora todos remaban al ganador. El dueño del local como buen fanático del dólar no le hubiera interesado que ingresaran fanáticos del Rayo Vallecano o del Inter de Milán, le daba igual. Su marcador a favor pudo ser como de mil dólares por hora.
Y ahí estuve sentado con mi hermano, y al lado de Tony, que aunque es fanático del Barcelona quiero y aprecio muchísimo por motivos que sobran y que darían para escribir un libro entero... Y sobre todo porque, aunque es un apasionado por su escuadra - aunque creo que es más fanático de Slayer -, nunca me metería un codazo o cometería una falta de tarjeta roja en aquel el bar si las cosas se ponían feas. Si acaso, creo que hasta me hubiera protegido.
Pero ahí, en aquella esquina, vi cómo el mejor equipo de la tierra apabullaba 2-0 a mi equipo blanco.
La gente extasiada glorificaba al Barcelona.
Mi único momento de alegría fue cuando en un ataque barcelonés, se acercaron y fallaron el tiro.
“AH! Fallaron! ¿Vieron eso? Ja ja! Fallaron!”, grité con todo lo que tenía en los pulmones aparte de flema.
Más de la mitad del bar se volteó a ver al osado que se atrevía a poner en duda o burlarse de los campeones del universo.
Fui yo, para el que me oyó y no lo sabe todavía. Y lo volvería a gritar cien veces. "Fallaron una!" ¿Y qué importa? Era mi equipo aquel en la cancha, el que todos odian, el que está lleno de millonarios, el que no tiene buena defensa, que no usa muchos jugadores de cantera, que tiene un director al que nadie escucha y un presidente que piensa que poner un montón de estrellas en la cancha traerá resultados hollywoodenses.
¿Y qué? Si es mi equipo, yo no me voy a cambiar nunca.
Pero bueno, ahora, días después de aquel partido que me traumatizó llegué a algunas conclusiones que me atrevo a escribir aunque solo resalten la impotencia del fanático que perdió.
Con todo en mi contra diré lo siguiente: El Barcelona realmente me apesta.
Sí, lo siento, pero me apesta.
Su arrogancia está en la sencillez y la contundencia con que juegan.
Quizás lo que me incomoda o lo que hace que me apesten son muchos de sus seguidores, que llenan el espacio del fanfarrón que vocifera y manotea cada jugada y te escupe “gol” en tu cara mientras tratas de beberte una vez más la amarga y caliente cerveza de la derrota.
Hace unos años cuando era el Madrid el que ganaba todos sus partidos (no entraré a discutir cómo, porque sería torpe comparar la abrumadora diferencia de un 6-2 que de un pordiosero 3-2, pero triunfos al fin), la gente en la calle se vestía de blanco, había millares de calcomanías en todas partes, bautizaban niños “Ronaldo”, había banderolas que cubrían una acera entera, todos querían tener la personalidad fría de Zidane o la potente patada de Roberto Carlos. La calle decía “Ala Madrid!”.
Ahora sucede lo mismo, pero al revés.
Todos le quieren ir al Barcelona. Todos siguen al ganador. Se cambian como si nada.
Claro, tengo amigos que son fanáticos del equipo casi desde que nacieron, y como yo hoy, padecieron sus derrotas con pasividad hasta que les llegó el momento: que es precisamente ahora.
Este fenómeno se refleja en quienes escriben del partido también. Los cronistas deportivos locales – que se nota son neo-fanáticos del Barcelona – hablan más del porqué perdió Madrid, en lugar del triunfo barcelonés.
¿No deberían enfatizar el triunfo y agregar que nadie nunca les ganará?
Y bueno también el Madrid es un equipo fácil de odiar.
Es fácil sacarles en cara los millones de dólares en fichajes como el de un Cristiano Ronaldo cuya personalidad aniñada de divo/payaso opaca cualquiera de sus muchos aciertos en la cancha.
No me van a decir que es fácil odiar a un tipo así que dirigir la rabia al bonachón y humilde Iniesta, o al felpudo Pujol (que dan ganas de abrazarlo), o al gigantón Zlatan, a quien el más angelical, chiquitín y bondadoso de los jugadores del mundo - Leonel Messi – le regala un gol de consolación cuando les toca cobrar un penal y el otro no ha anotado.
Debo decir (y esto porque quiero muchísimo a dos fanáticos del Barcelona en especial; y uno de ellos, ya dije, es Tony) que el Barcelona es el mejor club del mundo ahora mismo y no creo que nadie les pueda ganar nada.
Sin embargo, como fanático desde hace más de doce años del Real Madrid; un día, no hoy ni mañana, cambiarán a la dirigencia, al director del equipo; se armarán de nuevo – con o sin estrellitas – y entonces las calles se pintarán de blanco.
Estas afrentas en la casa blanca serán vengadas en la cancha.
Espero estar a tu lado Tony.