jueves, 21 de enero de 2010

Memorias del Cuarto Grado de Primaria - todo era tan divertido!

Era el cuarto grado y estaba en la clase de laboratorio. Aprendíamos sobre la circulación. El maestro nos dijo: “Agárrense la mano izquierda...”.
“...y métansela en el culo” – pensé.
Me fue casi imposible contener la risa. Quería estallar y decirle a toda la clase que se metiera la mano en el culo. Pero no podía. Me tuve que contener.
Lo que el maestro quería era que tomáramos una mano por la muñeca y la apretáramos mientras la abríamos y cerrábamos, de modo que se marcaran las venas y entendiéramos cómo circulaba la sangre.
Lo hice una, dos, tres veces y quedé fascinado. Lo encontraba de lo más divertido.
Todavía lo hago en ocasiones y aún me impresiona cómo se mueven los ríos de sangre debajo de la corteza de la piel. Estar en cuarto grado era una locura total.
Mis maestros estaban todos chiflados. El primero era A. N. García. Él nos enseñaba la mayoría de las materias y era un orate. Anhelaba un salón perfecto. Quería que nuestra clase fuera la más pulcra, intelectual, adelantada de toda la escuela. Yo conocía a algunos elementos desde antes y no eran precisamente un ejemplo de pulcritud, puntualidad, ni buenos modales. Pero el maestro había perdido de vista que los alumnos de su salón no éramos más que mocosos confundidos y obsesionados con jugar y perder el tiempo.
Como era una escuela pública, periódicamente nos llamaban por un altavoz y nos llevaban al comedor. La idea era que aquellos niños cuyas familias no tenían recursos para darles desayuno o almuerzo o nada, comieran algo medianamente decente. Recuerdo que al principio se les llamaba por nombre y apellido. Ellos se levantaban de sus asientos cabizbajos, apenados, y se retiraban. Naturalmente nosotros, el resto, los mirábamos con ojos de búho y les preguntábamos cuando regresaban a donde los habían llevado, ¿a la dirección? ¿Acaso hicieron algo malo? Uno de ellos, Víctor, a quien nada le importaba nos contaba que se acababa de empujar dos platos de arroz con carne y frijoles. Mientras hablaba sacaba la barriga y hacía círculos con las manos en señal de llenura.
Como esto abochornaba a los pequeños, la escuela decidió que todos fueran al comedor juntos así no se señalaría a los menos afortunados. Ahora todos podríamos sobarnos la barriga en señal de hartura.
El maestro nos debía acompañar al comedor y vigilaba cada uno de nuestros movimientos desde la puerta asegurándose de que nos comiéramos todo lo que había en el plato; aunque no tuviéramos hambre. Recuerdo que antes de salir del salón nos decía muy serio: “Niños, recuerden que este es un salón modelo. No somos como los demás. Cuando vayan al comedor quiero orden y disciplina. Y cuando coman recuerden que la comida va a la boca no la boca al plato, tampoco laman el plato cuando terminen”.
Lo de no meter la cabeza en el plato era difícil. Yo no conocía otro modo. Mi servilleta eran las mangas de la camisa. Cuando terminaba de comer era común encontrar restos de salsa en ambos lados.
Lo curioso del maestro es que un día él llegó tarde a la clase (por alguna razón empezó a llegar cada vez más tarde) y escribió algo en el tablero. Nos pidió que lo apuntáramos en nuestros cuadernos. Su pupitre, a diferencia de los demás que había visto en la escuela, estaba dispuesto al final del salón, para aquietar a los que se portaban mal y vigilarnos. De modo que cuando él se sentaba, nadie podía verlo a la cara. En fin, aquel día él llegó tarde y escribió algo en el tablero que debíamos calcar tal cual en nuestros cuadernos. “Si terminan – nos dijo – permanezcan sentados y tienen prohibido mirar hacia atrás”. Naturalmente yo no podía resistir la tentación y miré. Fue sólo un segundo pero bastó con eso. Nuestro maestro metía la cabeza no en un plato de comida, sino en una vasija de helado que estaba llena de arroz con pollo. Con lo poco que vi noté que tenía algunos granos pegados en su enorme bigote. También noté que yo no era el único que estaba mirando. “¿Yo qué dije?” – gritó. Todos volteamos hacia delante y nadie dijo nada.
Nuestro maestro era alto, de ojos azules y piel blanca tirando a amarillo. Sus ojos siempre estaban pelados como atentos a cualquier cosa. Su nariz era una gigante como la de un tucán. Y debajo estaba aquel bigote que se llenaba de granos de arroz. Era esbelto y tenía entradas en el cabello chocolate claro. Siempre andaba impecable. Era un tipo estricto con nosotros, pero como quería un salón modelo no permitía que otros maestros intentaran meter sus narices en nuestros asuntos. Tenía algo de militar en sus modales. Mi papá, años después, me contaría que el maestro era miembro de una de las milicias urbanas que operaba en el tiempo de Noriega. Según su versión lo llegó a ver de camuflaje y el rostro pintado – me pregunto si se habría pintado el bigote.