lunes, 1 de septiembre de 2008

Miedo y asco a la cerveza

Regresé. Hoy es lunes y por una casualidad loca es primero de septiembre.
Una serie de acontecimientos se sucedieron en mi ausencia. Unos muy buenos, otros – muy pocos – no lo fueron tanto. Entre los no tanto puedo mencionar uno que sugiere un cambio tremendo y posiblemente – aunque no prometo nada – permanente.
El sábado, como de costumbre, reposaba en mi balcón y libaba placidamente.
De hecho, mi día había empezado a las siete y media de la mañana con una cerveza fría antes de darme un chapuzón matinal en una piscina antes de que el sol empezara a quemarme la espalda. ¿Ven? Todo había empezado bien. La cuestión es que, a las nueve de la noche recordé que no había cenado ni almorzado con propiedad. Al mismo tiempo que realizo esto, sucedió algo inaudito: el licor me atacó con violencia.
Mis arterias estaban en llamas. Un ardor espantoso me torcía el estómago por dentro. “Comida, necesito comida!”. Yo sabía lo que necesitaba y lo necesitaba realmente con urgencia. El tiempo pasaba y a cada minuto, a cada segundo el licor se desataba y me pateaba las entrañas. Estaba mareado, pero no era ese buen mareo de resaca o borrachera; no, este rememoraba aquellas náuseas que te daban cuando niño comías algo malo como tierra o, peor aún, cuando bebías esa leche CARE que daba el gobierno cuando yo estaba en primaria y que me provocaban unas diarreas descomunales con vómito añadido. En fin, ahora estaba postrado en cama con náuseas, ardor en el estómago y el licor galopando en mis venas. Pensé que iba a estallar.
Empecé a sudar y sudaba licor. Era como si hubiese destapado una botella de licor en la cama. Finalmente caí rendido. Me dormí en ese dolor nauseabundo y retorcido.
Al cabo de unas horas – se acercaba la medianoche – me despertaron. Frente a mí, finalmente, llegó el remedio: un plato de sancocho caliente. Poco a poco el caldo de pollo, las presas y los vegetales, daban batalla al licor que se había tomado mi estómago prisionero. Luego de un largo rato me fui a la cama. Estaba a salvo. Aunque aún olía a licor. Al día siguiente tuve una revelación matutina.
Fue una cosa de espanto. Abrí la nevera en el balcón y me encontré con tres cervezas. De inmediato me vino a la memoria aquella náusea, ese ardor, el licor tomando el control de mis movimientos, y sentí asco. No se trató de esas veces en las que uno se emborracha y dice “no voy a beber más”, porque yo no tenía resaca, había sido atacado por aquel líquido que siempre se había portado bien conmigo, con el que he tenido mis diferencias pero hemos logrado reconciliarnos entre risas y recuerdos agradables. Esta vez parecía definitivo. Frías, llenas, cerradas. Tres botellas de cerveza que no sólo no se me antojaban, sino que me provocaron abrirlas al unísono y derramarlas en el fregador. Esa iba a ser mi venganza. Por primera vez vi a las cervezas como el enemigo.
No prometo nada. No prometo que no vaya a beber más. Pero, ¿por qué quiso hacerme daño? No entiendo. ¿Acaso fue mi culpa beber tanto? Y se supone que el licor es divertido, apropiado para ocasiones sociales, para departir con los amigos.
Algunos dejan de beber porque se transforman en animales cuando les llega el licor a la cabeza. Yo tuve mis episodios de Manimal, pero los he controlado con el tiempo. Ahora he llegado al punto de que esa cerveza deliciosa y espumante no me provoca más que sueño, risas y conversaciones disparatadas y amistosas.
En fin, esta es mi situación hoy al empezar un nuevo mes del dos mil ocho.
Le tengo asco y rabia a la cerveza. Rabia y asco. Llevo trece años bebiendo. ¿Es hora de parar? Como dije antes, no prometo nada. Quizás sea un proceso complicado que conlleve una reducción drástica y que probablemente incluya algunas cervezas sin alcohol. No sé. Tal vez sea interesante probarme a mí mismo. Vamos a ver quien aguanta más: yo sin beber cerveza o la cerveza sin beberme a mí.