martes, 12 de agosto de 2008

Recuerdos de mis primeros viajes a la tierra del tequila

Cada vez que viajo en avión me vuelvo paranoico. Tengo la extraña sensación de que un agente de aduanas me detendrá por razones equivocadas e inexplicables, que seré puesto en un cuarto oscuro sin derecho a llamadas telefónicas, que confiscarán mi equipaje, que perderé mi vuelo de conexión sin poder avisar a las personas que me esperan en el aeropuerto.

Dudo tremendamente qué equipaje puedo llevar conmigo, qué cosas puedo, qué cosas no, cuáles de esas pequeñas cosas (que en la vida diaria son irrelevantes) podrían transformarme en el blanco de un operativo de seguridad y permanecer en custodia “hasta que todo se aclare”. No sé por qué estoy tan paranoico en los aviones. Pero cuando finalmente tomo mi asiento pienso “vaya al fin estoy a salvo”.

En los aeropuertos trato de guardar un comportamiento ejemplar. No miro a ningún policía o agente de aduanas a los ojos y cuando tengo que presentar mis documentos trato de sonreír para parecerles amigable, incluso “familiar”.

He viajado dos veces a Guadalajara y en las dos me encontré a la misma chica de migración que duda de mis intenciones en su país. Es una niña menuda, bajita, con la apariencia de una niña de 13 años con unos ojos que te fulminan llenos de duda. Justo lo que necesito para alimentar mi miedo.

“¿Y qué viene a hacer aquí?”, me pregunta desconfiada. “Vengo a visitar a unos amigos”, respondo tratando de ocultar mi nerviosismo – pero respondo como si no fuera cierto. De nuevo ese miedo interno me ataca en los peores momentos. Por dentro otra voz me calma y me recuerda que realmente no tengo nada que ocultar.

“¿Y donde se va a quedar?” – continúa esa chiquilla con su interrogatorio. Trata de romperme.

“Bueno, no me sé el nombre de la calle o de la casa donde me quedo...” – respondo. Ahora sí, pienso, me van a arrestar y deportar porque no sé donde me voy a quedar. La próxima vez – nota mental – memorizaré nombres de calles y números de casas en donde estaré.

“¿Y no tiene algún número de teléfono o algo? Apúntelo ahí no más...” – me dice devolviéndome el papel de migración que acabo de llenar en el avión.

Ese papel rosado que tiene un montón de preguntas que llené apenas despegamos (para un vuelo de 3 horas y media que me parecieron 6). Cuando agarro ese papel, practico las respuestas y trato de que cada palabra quede en el espacio correcto. Cada letra dentro de cada uno de los cuadritos y líneas dispuestos en miniatura. No hay lugar para tachones. Si tacho me arrestan. Así de disparatada es mi paranoia. Debe ser perfecto y al mismo tiempo parecer normal, amigable, educado.

Así que enfrento a la nenita de migración y coloco un número de celular que me sé de memoria y estoy seguro que podrán llamar para averiguar lo que deseen las autoridades. Sigo mi camino pensando que en otro momento esta diminuta persona que me cuestionó en otro ambiente en otro sitio lejos de su escritorio su púlpito inquisidor, no le dirigiría la palabra para nada. Le pasaría por encima. La aplastaría.