viernes, 8 de junio de 2018

“Aquí, en este mundo, los tipos malos, pueden ganar”



Encerrados en una enorme cancha de fútbol de 75,000 kilómetros cuadrados observamos una y un millón de pantallas de voces que gritan y lloran dramas diarios y peleamos contra esas voces ficticias o reales mientras unos halan la soga hacia un lado los otros la atan a un árbol para verlos perder el tiempo. 

Arriba los buitres nos miran y se ríen.  No hay escapatoria.  Aquí llegamos hace tiempo a la mayoría de edad, pero en lugar de un crecimiento vamos en dirección contraria y a toda velocidad.  Queremos romper todos los récords. 

Que ocultaran la corrupción en una época ya era costumbre, pero que ésta ahora se glorifique y se premie resulta aberrante. 

Por un lado, los dueños de uno de los poderes del Estado hallados en una enorme trampa se refugian cual ratas en su guarida.  Sin embargo, en lugar de detener la barbarie y dar sentido a nuestra existencia aceptando su culpa y al menos corrigiendo la usura, corrieron en la dirección contraria y atacaron de vuelta. 

Su ataque fue tan cruento que parece que la mitad de la sociedad acompañara sus tambores de batalla que escupe a la justicia al rostro dándose golpes de pecho como víctimas.  El sadismo de la escena es cruel y escandaloso. 

Si estos son los padres de la patria digamos que tenemos padres abusivos, cocainómanos en pleno desenfreno, nos han dado un galón de gasolina y los cerillos están en la mesa y tenemos autorizado calentar la atmósfera. 

La culpa, naturalmente recae en el que traía algún resquicio de justicia.  Que no la es entonces. Aquí quien busca la verdad y tiene la osadía de atacar la corrupción es un aguafiestas y un perseguidor. 

Jamás el Ejecutivo estará exento de culpas y ¿por qué no se buscó la verdad desde el principio sino? Ahí quedamos los más de cuatro millones de voyeristas de mini pantallas riéndonos y dándonos palmaditas en la espalda viendo las más recientes estadísticas memográficas. 

Estamos estancados en un lodazal reiterando la cita bíblica “quien esté exento de culpa que tire la primera piedra”.  ¿Qué tal si dejamos decir eso de una maldita vez?

Esto es así.  El país estadio por cárcel permanentemente hirviendo y hundiéndose en las lluvias en donde los pobres son parásitos, los homosexuales un insulto a las buenas costumbres y las feministas una afrenta a la familia y un asalto a la moral, dios primero la iglesia ante todo y nos arrodillamos a la santísima trinidad, aquel enorme tobogán de rezos y sotanas por el que deslizamos nuestras excusas, permitimos los desmanes del abuso infantil, nos reímos cuando papá le pega a mamá bien hecho ella se lo buscó, y nos tapamos la cara y ofendemos a las mujeres porque ¿quién les manda a no vestirse adecuadamente como manda la santa inquisición?

El calor es insoportable excepto en el aire acondicionado que baja las temperaturas para semejar un invierno en cualquier país frío anglosajón y por ende fino.

El frío del aire acondicionado es el bienestar para contrarrestar el infierno, el frío es lo blanco, lo limpio, lo que nos aleja de la chusma que; claro son los otros, son los negros y los indios porque somos racistas clasistas y groseros y ello lo ocultamos con majestuosa hipocresía en un halo de comedia asquerosa.

¿Y me vas a decir ahora que no todos somos así?

Las cosas son como son y seguirán siendo así.

Estamos atorados. Pensamos que en Panamá no va a pasar nada pero nuestra fantochería nos saldrá cara.

Cuando un mueble de madera es carcomido por las polillas a primera vista no se ve.

El día menos esperado nos iremos de culo y lo que tendremos alrededor serán las astillas de nuestra dejadez. Mientras tanto nos seguimos riendo de los mismos chistes ofensivos al débil, homófobos y todo bien hasta que insultes a mi madre porque somos machistas por antonomasia y porque el débil se deja y eso le pasa por idiota. Una sociedad tan abusiva con baja autoestima pero al mismo tiempo hipócrita y miedosa como ninguna se hará papilla a sí misma.

Los malos son glorificados como valientes transgresores “robinhoodianos” salvadores del país.  Viene el loco a salvarnos. Ya de una vez regulen la corrupción si total todos nos hemos llevado una luz roja y hemos pagado al guardia para que no nos lleve el carro con grúa cuando manejamos borrachos aquella vez. Si total el que está mal es el otro, el que mató a la mujer y dejó en orfandad a la niña porque ese es el idiota que a diferencia mía se accidentó y yo no.

Déjenlo que él robó pero hizo, sí, me hizo sentir mejor a mí que he hecho menos con mis pequeños fraudes que no alcanzan para una casa en la playa pero bueno el que no llora no mama, juega vivo que aquí el que no corre vuela y para cerrar el ataúd chupa y olvida.
Nos abocamos al final, estamos en la última recta, ojalá se case otro príncipe y me toque a mí, y que me ganara la lotería lo metería todo en un plazo fijo, tendré mi castillo de oro en este lodazal.

Y todo lo que mi mente sigue guardando es aquella frase de Last Action Hero cuando el villano se sale de la película y cruza al mundo real. Lo primero que hace es matar a un mecánico.  Nadie reacciona. No llega la justicia – Panamá se sigue hundiendo – le damos la razón al villano – éste en un ademán de triunfo se yergue y grita “aquí, en este mundo, los tipos malos, pueden ganar”. Y ahí aplaudimos y le erguiremos una estatua.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Absorto en la casa de Papa de Hemingway

La casa es enorme. Tiene las puertas y las ventanas abiertas pero nadie puede entrar. 

Desde que crucé el portón principal de la finca coronada por aquella gigantesca casona respiré un aire de otros tiempos.

Cuando pisas los escalones que dan a la primera sala te das cuenta de que no es un museo lo que visitas sino tierra santa: estás en la casa de Papa Hemingway.

La Finca El Vigía está a unos quince kilómetros de la Habana y una vez que franqueas la entrada toda ella te envuelve. Desaparece la isla y entras a otro mundo.

Necesité unos minutos para sobreponerme del asombro y un mes para escribir sobre esta experiencia.

Hacía calor porque el verano en Cuba es infernal.  Yo sudaba profusamente mientras miraba o más bien trataba de digerir cada centímetro de cada uno de los objetos que podía ver desde las puertas y ventanas de la casa.

En cada puerta hay una persona que cuida que nadie entre.  Había otros turistas cuando fui. Eran chilenos. Trataron de entrar.  Una mujer les dijo con extrema amabilidad que era imposible.  Una señora de aquel grupo se molestó y dijo algo sobre la casa de Neruda que no quise escuchar.

Sentí vergüenza ajena. Ya de por si sentía pena por estar en pantalones cortos de playa en la casa de Papa aunque de haber sido 1950 quizás el mismo me habría recibido en las mismas fachas y hasta con menos ropa.

Heme ahí de pie sudando como un caballo y mirando con la ilusión de un niño en una juguetería.  Pude ver cuadros, los muebles de la época en que vivió en esa casa, los licores en la mesa con los que se embriagó por última vez en Cuba y los libros. Están por todas partes.

Desde afuera se nota que los libros están ahora clasificados como en una biblioteca.  Leí después que son más de 9.000 libros los que tenía a su disposición. Quizás para Borges el cielo era una especie de biblioteca.  Te tengo noticias Jorge Luis: Hemingway vivía en el cielo.  

Caminé por donde me lo permitieron.  Quedé absorto al ver el baño en donde le sacaron aquella icónica foto de pie con una escopeta de doble cañón mirando con rostro desafiante pero ojos tristes a la cámara. Ya entonces él sabía que no tendría más primaveras.

La vista desde afuera de la casa es impresionante. Y lo es aún más desde el mirador que tenía una cómoda silla estilo playera y un librero repleto a su lado.

Licor, libros y una casa enorme donde escribir y embriagarse, y escribir ebrio o embriagarse de brisa y de sol alejado del resto del mundo. Papa sabía vivir. 

Tenía una piscina que ahora está seca.  Y ahí mismo al borde están las tumbas de sus tres mascotas.  Y un poco más allá en donde antes jugaban al tenis reposa su bote.

Lo vi de cerca.  Es absolutamente impresionante como los otros objetos de la casa. 

Pero a pesar de que uno sabe que el escritor se metió un tiro matando a la leyenda hace casi sesenta años tienes la impresión de que en cualquier momento se va a aparecer con un vaso lleno de licor y mirando extrañado:  “¿Qué diablos hacen en mi propiedad?”.


Este escrito es solamente una manera de registrar que estuve en su casa pero no puede abarcar la extensión y profundidad de la experiencia completa. 

Tampoco mencioné que todo fue gracias a un viaje a La Habana que planee en absoluta complicidad con Gilla Mey.  Ella planeó ir a los sitios en los que estuvo Papa. Yo solo la seguí.  

Y no cuento aquí que cuando llegamos a La Habana se desató una tormenta.  No había agua en el baño del aeropuerto y un perro dormía plácidamente en la caseta de cambio de monedas. Aquella fue una semana mágica en Cuba en donde se respira una sensación de libertad inconmesurable. 

No he podido abarcarlo todo. Tampoco cuando fuimos a su hotel - el Ambos Mundos - en la Habana Vieja, de cuando casi me desplomo por el calor y que reviví con una cerveza Presidente en el lobby.  Y también cuando bebimos en sus bares favoritos - El Floridita y La Bodega del Medio - a los que estoy seguro llegó dando tumbos desde su hotel.

No, no he escrito nada de eso, pero algún día lo haré. Se lo debo a Papa. 


martes, 20 de junio de 2017

40 Años: El “quince años” del hombre adulto

La costumbre en algunos países de Latinoamérica cuando una niña cumple los quince es hacerle una fiesta apoteósica.  Muchos padres se gastan casi lo mismo que en una fiesta de matrimonio.  

La idea es probablemente resabio de una práctica tergiversada de nuestros ancestros modificada con el lujo y esplendor clasista de nuestros colonizadores.  No lo sé con seguridad. Probablemente estoy equivocadísimo.

Lo cierto es que, para los hombres adultos los primeros cuarenta años se esperan casi con la misma emoción de una quinceañera y por lo general las celebraciones son acorde: Música en vivo, reuniones mastodónticas con comida y bebida para todos hasta tempranas horas de la mañana o quizás aquí también me equivoque. 

Lo cierto es que al acercarme a los cuarenta lo único que se me ha ocurrido es escribir al respecto.

Cuando en 1995 cumplí dieciocho sentí que había alcanzado una meta.  En primer lugar tendría derecho a usar mi cédula; segundo, podría ejercer mi derecho de comprar y beber alcohol – exacto, antes de los 18 nunca consumí licor – y tercero, estaba el logro de superar la edad que enunciaba Alice Cooper en “I’m Eighteen”.

A los 20 por algún motivo sentí que debía celebrarlo en grande.  Lo hice organizando una fiesta con mi banda de rock en el garaje de mi casa.  Les pedí antes permiso a los vecinos por el ruido al que estarían sometidos inmisericordemente hasta altas horas de la noche. La estrategia funcionó porque nadie llamó a la policía.

Una década más tarde sentí la necesidad de que fuese una celebración de proporciones épicas, de nuevo. Convoqué a mis amistades a un bar donde te servían torres de cerveza. Pedí cuatro torres y que el resto del alcohol corriera de parte de mis invitados. 

Cuando terminó la celebración los que quedamos corrimos a otro bar donde mi hermano tocaba ‘covers’ de rock clásico. Fue una absoluta locura. El registro de fotografías en la era previa a tener una cuenta en Facebook documenta un piso lleno de vómito que nadie notó entonces. 

Hay una foto mía frente a la banda sonriente. Luego estoy en un sillón dormido al lado del guitarrista de la banda. Luego el mismo guitarrista está pisando el charco de vómito que – de nuevo – nadie había notado. 

Después aparezco dormido y a mi lado una chica desconocida. Ella pidió que tomaran la foto. Yo tengo los brazos extendidos en el sillón. Mi rostro inclinado hacia la izquierda. Mi cerebro en otro planeta.

Creo que cinco años después organicé un show con mi banda de rock.  Hicimos un set con temas propios y luego arremetimos con canciones de metal clásico, aquellas que más me gustan.  Recuerdo la estridencia, el licor, las risas y haber terminado en mi casa hasta muy temprano en la mañana. Esa vez no me dormí.

Ahora que se cumple otra década de aquella noche mi cabeza se quedó sin ideas.  Cada vez que me preguntan qué haré – tampoco es que me pregunte mucha gente – me quedo en blanco.  Lo único que se me ocurre es decir que preferiría unos tragos en un bar y nada más.

Sin embargo, tengo la intuición de que se espera más de mis cuarenta.  De hecho cuando mis amigos cumplieron los 40 hicieron grandes celebraciones.  De hecho la última celebración de cuarenta años en donde estuve se apareció el Presidente.  No creo que olvide esa fiesta tampoco.

Estar a la altura de las expectativas es difícil sobre todo cuando con cada año que pasa el concepto de cumplir años me genera pensamientos dispersos, confusos y contradictorios. 

Por un lado aún guardo una emoción infantil de recibir regalos y de que ese día, un día al año, debe estar dedicado a mí por completo.  

Me siento un animal egoísta con una euforia adolescente.  Por otro lado siento que no merezco absolutamente ningún trato especial. 

También me veo solo rodeado de muy pocos con una botella de vino o acostado en mi cama mirando al techo. Pero en otras me ataca la desesperada idea de que en ese día puedo hacer lo que más me gusta sin consecuencia alguna.

Debo admitir que con esta última idea me he chocado con muchas frustraciones en especial cuando he planeado fiestas en mi casa en los últimos años.

Algunas de aquellas enormes farras empezaban bien pero después de medianoche cambiaban mi música a géneros bailables que se alejaban de mi gusto causándome una enorme decepción; o sino, en medio de la alegría, la risa, la cerveza y el jolgorio metalero, alguien me llamaba y preguntaba si podría traer a alguien.  Siempre dicha experiencia terminaba con los nervios de punta. 

Después de un par de esos episodios me he puesto como regla mental “no conocer a nadie en mi cumpleaños”.

Recuerdo un episodio cuando largué de mi casa a uno de aquellos desconocidos porque estaba consumiendo cocaína en el baño.  
Primera vez que lo conocía. Última vez que lo vería.

También recuerdo aquella otra fiesta de mi cumpleaños en donde, de nuevo, cambiaban el rumbo musical de mi histérico rock n roll por música bailable y la novia de un amigo me obligaba a bailar. 
A cada uno de sus ruegos porque bailara con ella me negué.  Luego me tomó de las manos y me levantó de mi silla. Sus manos sujetando las mías.  Yo miraba a su novio y le rogaba “por favor dile que no”. El solo reía divertido y me decía “ella es así cuando bebe”. 

Cuando vi que nada funcionaba, y con los ojos y el cerebro incendiados de alcohol; roté mis manos a sus muñecas y las bajé con delicada rudeza mientras mi voz tomaba un tono rasposo en un grito apagado “nooooo quieroooo!”.  

Otro amigo que notó que aquello no pintaba bien entró en medio y nos separó.  Pedí disculpas y me retiré.  ¿Debo recordar que estaba en mi casa y era mi cumpleaños?

Ese sentimiento de no querer que suene otra música sino la mía parece pueril, falto de comprensión o incluso grosero; pero no puedo evitarlo, porque como dije antes: ¡Es mi cumpleaños y debe estar dedicado a mí por completo!  ¿Y qué más me queda sino?
No hay más días en el año para mí. Solo uno. 

Por eso quizás aquella torpe obcecación por celebrarlo y recordarlo todos los años. No me importa envejecer, me importa celebrarlo. 

Llegará el día en que no me importe. 

Creo que al alcanzar estos primeros cuarenta la emoción por ello empieza a disiparse.  ¿Será una señal de los tiempos? No tengo idea. Algo sí tengo claro, aún no sé qué voy a hacer para mi cumpleaños que es en menos de 48 horas. 

lunes, 25 de abril de 2016

El ocaso de una librería

El diablo viste a la moda y en Panamá cerraron una librería.  Quisiera que me importara, pero no, ¿a quién engaño? No me importa en lo más mínimo.

Situada en una esquina atestada de tráfico a toda hora se yergue este armatoste de edificio verde por todos lados gobernando prácticamente una cuadra entera. 

La puerta de hierro pesado casi le vuela el dedo a un amigo que fue ahí a comprar un libro una vez.  Tal vez uno de los diez clientes por día que deambulaban en este mausoleo de las letras dormidas.  Dentro de las paredes de aquel mastodonte instalaron la librería, un café e incluso un área dedicada especialmente para los niños.  Loable tarea la de inculcar la lectura en los pequeños mocosos.

Aquel vetusto edificio lleno de hollín ahora a causa de los cientos de miles de vehículos que pasan enfrente estaba coronado en la entrada por un extraño personaje que aún no atino a identificar si se trataba de un canguro o un caballo, colocado allí para atraer o divertir a los clientes más pequeños.  Creo que le faltaba una oreja.
Cuando recién abrió yo no tenía dinero para pagar más de diez dólares por un libro.

Mis primeras obras maestras las compré en la universidad a uno o dos dólares.  Por aquel entonces ya se percibía ese espantoso tufo a elitismo con que envuelven en Panamá a todo lo relacionado con la cultura.  Un error de tino basado en un ideario pre republicano que nos lleva a pensar que una persona culta, es por ende, un ricachón de buenos modales. 

Cuando empecé a trabajar como periodista ya pude darme una vuelta por aquel acertijo de cemento que te llevaba por laberínticas y empinadas escaleras para llegar a ver un libro.  “Por esa otra puerta no joven, es arriba”, así me dijeron un día.  Está bien. Una vez arriba había de todo tipo de libros.  Muy pocos de los que me interesaban y a precios mucho menos interesantes.

Creo recordar mal que fue en uno de los salones de lectura que asistí a una rueda de prensa de Elena Poniatowska que paró en Panamá como parte de la promoción de un libro suyo ganador del premio Alfaguara de 2001. 

Ella no estaba contenta; más bien exhausta. Pobre doña. En un momento dijo que se sentía como si fuera un desodorante o un zapato en venta por el apabullante itinerario del que era objeto prácticamente contra su voluntad. 

Yo regresé a mi escritorio y envié la nota.  A la gente de Alfaguara no le gustó.  Nos pidió una entrevista adicional para corregir lo que ella había dicho.  Aquella actitud reforzó aún más las palabras de Elena.  A la pobre señora realmente la controlaban como un zapato.

No recuerdo desde 2001 que nada más interesante haya sucedido en esa librería que a la sazón ahora que me pongo a pensar tenía un nombre en inglés Exedra Books ¿para promover la cultura en hispanoamericana?  Suena a libros etcétera o excretados. 

Cuando unos años más tarde entró El Hombre de la Mancha al ruedo le quitó relevancia y levantó la barra.  No soy experto en negocios, pero sospecho que aquel armatoste se quedó congelado en el tiempo.  Hasta su participación en las ferias del libro de Panamá me resultaban aburridas.  Nada bueno presagiaban los tiempos para el enorme monstruo. 

Ahí está todavía dando sus últimos suspiros.  Imagino que la cuadra entera será defenestrada y convertida en un edificio o en un pequeño centro comercial.  O eso, o bien se mantendrá como un monumento muerto a las letras por lo mal que está el mercado de las bienes raíces.

Como sea sigue sin importarme.  Solo recuerdo las muecas de la Poniatowska.  Ahora que ya se ganó el Cervantes debe sentirse como una media de terciopelo o un iPhone.


miércoles, 7 de octubre de 2015

El día que no quise seguir "La Canción del Verdugo"

"La Canción del Verdugo" es una obra maestra de la literatura universal que todos deberían tratar de leer.

Mi primera noción de semejante coloso fue una referencia hecha por un amigo una vez que me explicaba sobre la magnificencia de Norman Mailer.  Mi amigo, gran fanático del nuevo periodismo, me recomendó leer a Mailer en cuanto pudiera. 

Así me hice con una copia de “El Combate”, la épica batalla entre Muhammad Ali y George Forman en Kinshasa.  Lo compré de segunda porque nadie vendía aquí libros de ese viejo orejón. 

Pero, cada ocasión que podía, mi amigo me reiteraba “tienes que leer La Canción del Verdugo”.

“La Canción del Verdugo”. El título daba escalofríos.  Naturalmente, nadie en Panamá vendía ese libro hacia el año 2002 cuando me lo sugirió la primera vez.  Él se había hecho de una copia en uno de sus viajes o lo leyó de la biblioteca de un amigo suyo, no estoy seguro ni lo recuerdo, ni tampoco es importante. 

La cuestión es que desde aquellos años me había dado una misión: “captura a aquella ballena blanca”. 

Y así estuve durante años.  Lo metí en mi colección inexistente de libros que son totémicos y que nunca voy a encontrar. 

La Canción del Verdugo fue mi obsesión a lado de libros de Céline y Fante.  Los años pasaron y con ellos varias ferias del libro de Panamá en donde escuchaba que habían traído algunos libros de Mailer de la editorial Anagrama. 

Naturalmente mi suerte era tal que el día que iba a la feria se habían llevado aquellas pocas copias de los libros que anhelaba, incluyendo, obviamente “La Canción del Verdugo”.

Hasta que un día, en una de aquellas ferias, me acerqué a una editorial que trae libros al por mayor.  Me dieron la dirección y un teléfono.  

Buscar ese libro como comprar drogas.  Tenías que llamar antes, acercarte al local y tocar una puerta sin ningún letrero. 

Fue extraño.   Hasta pensé “tengo un dealer de libros” y escribí mi experiencia consiguiendo “La Canción del Verdugo”.  

Al fin en mis manos.  

La sensación de capturar a uno de los grandes es indescriptible hasta el hastío.  (Huelga decir que poco después conseguiría varios libros de Fante en la Feria del Libro y una amiga me traería a Celine desde Argentina también amplificando aquella sensación).

Pero, con la llegada de "La Canción del Verdugo", advino la tragedia.  Una que no me enorgullece.

El otro día, cerca de la página 76 – de las más de 500 que componen este portento ganador de un Pulitzer – bajé el libro y lo dejé. 

No pude más. 

El libro narra la dislocada vida de Gary Gilmore, un loco que asesinó a dos personas en Utah y después de una enorme batalla legal – con activistas de los derechos humanos incluidos – clamó que su ejecución fuera por un batallón de fusilamiento.

Pero no llegué hasta el final.  El trabajo de Mailer no era vender a un entrañable y sagaz criminal que uno no quisiera que muriese al final. 

Estoy seguro de que Mailer – como lo evidencia el texto – detestaba a ese tipo y su descripción fue tan acertada que no pude seguir leyendo. 

Yo detesto a los tipos arrogantes y mentirosos, Gilmore era ambas y otras muchas más.  Cada palabra que decía lo odiaba más.  Hasta que estallé.

Terminé no odiando “La Canción del Verdugo”, en el fondo quería seguir caminando al lado de Mailer por donde él me dijera, si tan solo no hubiera tenido que toparme de bruces al maldito desalmado de Gary Gilmore. 

Espero que cada balazo que le dieron haya dolido en lo más profundo y que ahora mismo esté pudriéndose en el infierno. 


Leeré otra cosa.

viernes, 15 de mayo de 2015

Roto: La revolución de lo imposible

Grannada no desapareció nunca. Ahí está Abraham, pregúntenle. 

Él, centro de la banda, compositor, guitarra afilada al hombro, no se fue a ningún lado.  Amarró todos los cables, conectó su guitarra y a pulso de tripa y rabia sacó “Roto”, su segundo disco.

Tuvo cómplices en el camino.  De aquello no hay duda. El sonido que Luchín imprime a los temas le suben las revoluciones a un álbum que tomó poco más de seis años (quizás me equivoque, y si lo hice, que me perdone Abraham).

Parece que fue ayer cuando él mismo estaba en mi casa escribiendo algunas letras de lo que ya concebía su segunda producción. 

De aquel día una sesión de voces en especial quedó grabada en vídeo. En ella una letárgica tarde sabatina degeneró en una divertida fiesta en la que terminamos sacándolo de quicio (de buena manera) y perdiendo todos el norte de lo que hacíamos por culpa del río de cervezas que fluía como si no quisiéramos que hubiera mañana.

Pasó otro año desde entonces.  El trabajo no se detuvo.  Una noche de diciembre de 2010; tal vez (de nuevo me equivoco en fechas y tiempos), me subí a su carro y me dijo “escucha Tavo, tengo unos temas para el disco nuevo”.

Puso “play” y empezó a sonar “Imposible”.  Era de noche y salíamos de una barriada que palidecía de policías.  La sensación al inicio de "Imposible" es de inminente peligro.  
Sientes como aprieta el acelerador y que tienes que asirte a algo.  

La voz reitera una y otra vez “quiero lo imposible”, y lo imposible es lo improbable, es aquella quimera que muchos te desalientan diciendo que es inalcanzable. “Imposible” es un tema que te abofetea y te despierta.  Le levanta el dedo del medio al universo y lo reta con violencia. 

Hasta cierto punto, quien sabe, lo imposible era terminar la totémica tarea de sacar el disco.  El tema surte ese efecto por cuanto cada pequeña grieta en el camino tendía la cuerda cada vez más y la publicación del disco se tomaba otro año más.

La revolución del disco no se detiene. “Reacciona” es la continuación más lógica a “Imposible”. Es rápida, no te da tiempo de reaccionar; a la sazón lo mismo que Abraham te gritaría al oído “te acabo de dar la vuelta, entramos al segundo asalto, te estoy cociendo a golpes… Y TÚ NO REACCIONAS!”.

Allí no le habla a una sola persona, nos habla a nosotros mismos.  El tema es electricidad pura.  500 voltios de violencia dirigida al pecho y sin escalas.  Lleva consigo un mensaje verdadero: “¿Qué no ves que el mundo no gira a tu alrededor?”.  Dicho de esta manera semejante axioma supone un puñetazo de realidad inconmensurable.

Después tienes un pequeño respiro.   Una canción de sensación esperanzadora arranca justo después. 

“Veda” calma las aguas.  Pero, si escuchas con detenimiento, puede que aunque haya bajado las revoluciones, es bastante más siniestra.  Ahora estás atrapado.  

“Yo podría hacerte daño” dice la voz. 

Estás contra la pared.  Estás al borde del quicio.  Miras hacia abajo y la voluptuosa altura es sugerente. “Si tú quieres ven conmigo, yo te puedo hacer feliz”.  Decides en este punto seguir el juego “y tu vicio” se vuelve “el descontrol”. Poderoso coro.

Ahora eres cómplice de lo que se cuece en el disco.  Estás inmerso en una guitarra "lead" que te eleva hasta el infierno.  Una delicia a los sentidos.  El tema baja la velocidad, pero la sensación de calma es la misma que uno tiene si viese a un rinoceronte que se pausa antes de arremeter el ataque.

Cuando creías que estabas a salvo, ves humo.  Y si hay humo es porque hay “Fuego”.  Este tema tiene uno de mis coros favoritos “Ya me cansé no voy a esperar, quiero tenerte en fuego!”

Con el rebote de una batería de rítmica violencia y un enjambre de guitarras arranca “Ego”.  

Cada estrofa es un grito desgarrador que se abre paso entre el galope de guitarras, bajo y batería, que luego se derraman como si se rompiera un dique e inundara todo a su paso.

Luego, entramos a un lago sonoro en donde fluyen las aguas de aquel dique y luego ves como lo arrasa todo y se esfuma como si halaran una cadena imaginaria.  Allá va eso.

No salía de mi asombro por el poderío del disco hasta este punto cuando entran los acordes iniciales de “Fondo”. 

Recuerdo que en una larga tertulia etílica discursábamos sobre cómo a veces uno imagina que toca el fondo; es decir, aquellas ocasiones en que la derrota física y mental te hunden en un pozo profundo, y tú imaginas que tus pies tocarán el fondo, sin embargo, te encuentras con que "está mucho, mucho más abajo". 

La desesperación abre paso a otro pequeño respiro.  Por eso le sigue “Salida”.  Un tema que trae un poco de aire fresco, algo de esperanza, un bajón de velocidad para contar las bajas que han dejado este viaje trepidante.  “Salida” nos aleja del peligro y a medida que baja el volumen al final uno encuentra el sosiego.  

Hacia la recta final del disco llega “Confeso”.  La voz se desviste y se exhibe.  Guitarra y voz arrancan una lánguida confesión que más allá de la esperanza nos acercan a la tentación del fracaso de quien se sabe perdido en un desierto.  

No es el tema más fuerte, pero trae una secuencia perfecta que le da fluidez al disco.

Con las defensas abajo uno continúa el trayecto.  Vamos abandonando el desierto de desesperación y un horizonte nuevo se acerca. 

“Respiro” es un tema en esencia triste, sí, pero que evoca el alivio que solo brinda la soledad de quien ha sufrido y que a los golpes aprendió a defenderse.  Es un tema de carretera y de libertad absoluta. De aquellos que te hacen apreciar el panorama.  

La música meditabunda, te lleva hacia arriba, de vuelta a la superficie. “Ahora puedo respirar” dice reiteradamente la voz en una suerte de mantra para almas malditas.

Entra la batería, la distorsión y entonces, la colosal voz de Charles Bukowski en uno de los poemas más desesperanzadores jamás escrito “Dinosauria, We”.  

“The fingers reach for the bottle, The pill, The powder…
We are born into this sorrowful deadliness…”  

Las líneas desgarradoras del poeta maldito se alejan con la música y el disco está a punto de terminar.

Así, después de este colosal despliegue de guitarras, bajo, batería y palabras de desesperanza, rabia y locura, llega “Roto”, que da nombre al disco.

Sin darnos cuenta hemos atravesado el portal. 

Ya estamos del otro lado.  “Roto” es más cósmica, más "mental".  Pero el mensaje es lapidario: “¿Regresar para qué?”.  Y tiene razón, ya después de haber atravesado los derroteros más peligrosos Infierno, Purgatorio... ¿por qué regresar? No tendría sentido.

Este disco dibuja con cada tema un mapa como los círculos de La Divina Comedia de Dante.  Abraham es la voz de Virgilio que nos lleva hasta los avernos, nos pasea al Purgatorio y nos saca al Paraíso, o a una idea de éste.  

Regresar es imposible.  La experiencia ha sido completa.

Ahora, silencio, entra la parte rítmica final de “Roto”, del tema y del disco. 

Es una canción que nos mantiene en vilo sosteniendo la respiración hasta sus últimos estertores. Una guitarra se deshace dándonos la despedida.  En definitiva, “Roto” es un viaje que merece la pena. 

Todas las canciones están completas.  Me atrevo a decir que no se dieron concesiones, ni se hirieron animales en la elaboración de este disco. 

Levanto la copa por este disco. Larga vida a Grannada.

jueves, 23 de abril de 2015

El derbi secreto

Estoy tratando de ver un partido de fútbol mientras trabajo.

Para hacerle pensar a las personas que estoy trabajando frunzo el ceño y escribo estas líneas.

Es el derbi secreto. El Real Madrid contra el Atlético de Madrid.  La rivalidad infinita. 

Dos colosos en una misma capital. Bueno, el Atlético no era coloso hasta que el Cholo Simeone lo agarró y lo transformó en lo que es: una maldita máquina de nervios, huesos y músculos que dio vuelta a la larga tradición de resultados adversos que era característico en otra época.

No quiero interrupciones.  Mis ojos están divididos entre la pantalla del computador y la del televisor a mi derecha.  Es tremendamente difícil seguir un juego así.

Al menos a seis minutos el Real Madrid parece estar bien plantado en la cancha, concentrado y ganando la posesión del balón.

Cada vez que vuelvo la cabeza a la pantalla de televisión se asoma alguien a la puerta de la oficina.

Maldita sea.  Ya dije que no quiero interrupciones.

Nunca antes había existido tal volumen de movimiento humano a través de la puerta de mi oficina.  Esto es desquiciante.

Solo acierto a ver algunos segundos de dominio blanco cuando tengo que volver mis ojos a la pantalla.  Ceño aún fruncido. La bola es del Madrid otra vez. Van nueve minutos y estoy  empezando desesperarme.

Empezaron las faltas.  Naturalmente el Atlético se aferra a un juego agresivo en busca de la desconcentración del contrario. Y otra persona entró a la oficina y detrás de esta a los pocos segundos otra más.

Y el Chicharito bota el primer gol cantado.  De acuerdo con las estadísticas el mexicano anota siempre al tercer intento.  Espero que el contrario no anote antes de su tercera amenaza a la portería colchonera.

Puse de música de fondo a Roy Orbison. Eso me ha calmado los nervios.  El movimiento de personas en mi oficina es ridículo. 

Ahora fue Cristiano Ronaldo el que lo intentó desde la media con la defensa del Atlético haciendo aguas.

Parece que Ancelotti escogió bien su cuadro esta vez.  Dejó sentado al miedoso Illarramendi y al perdido Khedira.  Apostó en cambio por reforzar la media con defensas con bastante experiencia, incluyendo a un inusitado cambio de flanco para Sergio Ramos.

Se acerca una oportunidad del Atlético.  Saque de manos que no termina en nada.  Vuelvo a respirar.

Las acciones en la entrada y salida de personas se han calmado.  Trataré de mirar de nuevo la pantalla.

Ahora naturalmente la señal de la televisión es la que da problemas.

Esto es insoportable.

Para sazonar la tarde entra el jefe. 

No hay manera de esquivarlo.  Debo pretender que escribo el tratado de Versalles, o una nueva versión del Himno Nacional, algo que requiera absoluta concentración.  De otro modo, buscará algún motivo para no verme en mi puesto. 

No es algo que suceda con regularidad, pero de nuevo, hoy no parece un día normal. Desde la afluencia de personas justo el día del partido empecé a dudar del resto de mi suerte, o lo poco que me quedaba.

No pueden dejarse golear.  Es imperativo que el Atlético no anote nada.  ¿En qué momento pasaron 20 minutos? No tengo idea, pero ya deben anotar.  No pueden dejar que el Cholo arme a su equipo de valor para la segunda mitad.

Más personas entrando por la puerta.  Es como si conspiraran en contra del juego, en contra de mis ganas por verlo y sufrirlo y disfrutarlo.

El Real Madrid perdiendo la bola nunca es una buena señal.  Tiro libre.  Pensé que no la cantarían. Pero sí. Y están cerca del área y la va a patear James. Pasó por arriba del travesaño.  Tuve que contestar unos textos por el teléfono.

También tengo que guardar la calma.  El Atlético acaba de rematar a portería. Casillas la capturó.

Tuve que ir al baño.  Para orinar mi nerviosismo y actuar normal en la oficina.  Ni muy alterado ni siquiera interesado en nada.

No he emitido ningún comentario con respecto al partido.    No quiero que nadie me interrumpa.

Aparente calma. 

Minuto33 y sigue 0-0.

Cosas de trabajo.

Una llamada que requirió que yo contactara a otra persona. En fin, cosas de oficina.  El partido sigue amarrado.  No me gusta que se extienda.

Empiezo a escuchar comentarios desde otra oficina. “Ja! van cero a cero.  El Atlético le tiene la medida”.

Sí, pero tampoco han anotado ellos.  Era lo que me temía.  Que alguien más descubriera que están dando el partido.  Estoy rodeado no de fanáticos de fútbol, sino de antimadridistas. 

Medio tiempo.

Un respiro.

Mal agüero.

Me temo que es el momento en donde los del Cholo se arman de fuerza y se vuelven a concentrar.

Malhaya si hay gol en contra.  Me voy al baño de nuevo.  Regreso y conmigo la afluencia de personas entrando y saliendo de la oficina. 

Mi oficina está dentro de otra oficina más grande.  No hay cubículos, sino pequeñas oficinas dentro de una principal.

Afuera hay un área común, una plaza socrática como fue nombrada en una época, un área de espera para visitantes y palacio de alguna que otra procacidad cuando no hay mucha gente.

El problema es que la puerta de mi oficina es la primera que vez cuando abres la puerta principal de toda la oficina.  De modo que cada vez que alguien entra la primera impresión soy yo frente al ordenador. 

Por eso debo mantener los ojos en la pantalla y que las personas, compañeros y visitantes, no se encuentren con que estoy volteado hacia mi televisor de catorce pulgadas concentrado comiéndome las uñas.

Regresan las acciones del partido.

He decido no escribir más.

Me harté.

Ahora me concentro en mi teléfono, en aquella aplicación Spotify y preparo una lista de canciones a cargo de bandas de heavy metal de los ochentas.

Listo. Logré hacer mi lista de temas de Heavy Metal.  Arrancó con Jag Panzer.  En mi vida los había escuchado.  De modo que es una lección de aprendizaje mientras sigo el fútbol.  Como esta puse a otras bandas que nunca había oído antes entre otros clásicos.

El Real Madrid vuelve a tener la bola.

Pobre Chicharito.  Está siendo el saco de entrenamiento de boxeo del Atlético.

Y el árbitro no le canta nada.  Ya se tragó un penal en algún momento que no estaba viendo.

Empieza a calentarse el juego.   Es lo que busca el Atlético, pescar en río revuelto.

Arranca una conversación sobre trabajo en el centro de la oficina. Me temo que una de las voces entre en mi oficina para opinar sobre el partido.

Parece que se retiró.  No. Lo llamaron de vuelta. La intensidad del partido no ha bajado.

Y sigue el cero a cero.  Y siguen las voces a un lado y otro.

El listado de canciones está interesante.  Son agrupaciones que tocan aquel heavy metal que me gustaba cuando estaba adolescente.  Otro comentario sobre el partido.  Naturalmente de un seguidor del Barcelona a otro.

El otro no contesta porque no le interesa o porque con su silencio espera que el Real Madrid pierda.

Que el Atlético pierda la bola no es normal.  Lo peligroso es que la recupere y tenga opciones.

Esto no es un partido de fútbol es una agónica batalla contra la desesperación.

Viene un balón de esquina para el Atlético.

Balón parado.

Su especialidad.

La botaron.

Termina el peligro, pero sigue la agonía con otro córner.  Maldita sean sus especialidades.  No lo lograron tampoco esta vez.

A las manos del portero otro centro de Cristiano Ronaldo.  Juegan bien, pero les falta ese último tiro asesino.  Otro tiro de esquina Atlético. 

Finalmente me rendí.  Alguien encendió un televisor faltando veinte minutos para el final.

Y ahí me planté.

Mi concentración al máximo. Cada jugada, cada rebote, cada pitazo del árbitro.

El flujo de personas entrando y saliendo de la oficina desapareció. 

Después sobrevino una tarjeta roja y el mundo se vino abajo para el Atlético.

Y poco más tarde al minuto 88 el pase del colombiano James a Cristiano, pared y caño que termina en los pies del portugués que cayéndose la pasó al mexicano Javier Hernández: “Chicharito”.

La bola entró.  Y yo no podía creerlo. Tampoco él.

Había dudado de su llegada al equipo, de la alineación, del arbitraje, del rival, de mi suerte. 

Dudé hasta del aire, de la oficina, del televisor, de la existencia misma.

Pero ahí estaba yo plantado frente al televisor gritando solo con mis ojos que zozobraban de alegría.

Celebrar un gol en silencio es abrir una botella de champaña sin el ruido del corcho y sin que salte la espuma.  Es como la antítesis de la euforia, si tal cosa existe.

Apagué la televisión y regresé a mi puesto.

El día había terminado para mí.

Allá afuera a cientos de miles de kilómetros un mexicano – detestado por muchos – aún no salía de su asombro y yo menos.

Ganó el Real Madrid.  Y yo lo disfruté en secreto.